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  • José Martí

Lo de Pepelu

Todavía no nos terminamos de creer la marcha del canterano. Y menos todavía que lo haga al otro equipo de la ciudad. Tremenda decepción de la que también costará recuperarnos.


Pepelu Levante UD

¿En casa estáis ya mejor? Es la pregunta habitual que nos hacen a los granotas tras los trágicos sucesos del 17 de junio. “Ahí vamos poco a poco pasando el duelo”, contestamos con la boca pequeña, intentando cambiar de tema para no reabrir heridas. Y cuando anímicamente empezábamos a sacar cabeza y volver a ser nosotros mismos, zasca, un nuevo bofetón en la cara: Pepelu ficha por los vecinos. Él también. “Tu quoque, fili mei?” Podríamos recitar con Julio César ante la impotencia que nos genera la brutal noticia.


Su traición de estos días, telegrafiada a cámara lenta durante la última semana, está a la altura de aquél que se autodefine con rango militar y que nos abandonó en las dificultades, al día siguiente de besarse el escudo. Solo que el ahora groguet tuvo al menos la delicadeza de no cruzar la acera y no defender la camiseta de nuestro eterno rival.


Lo de Pepelu es la puntilla que nos faltaba en casa. Una puñalada por la espalda. Nos hemos quedado secos. Para que se hagan una idea de la dimensión del drama, dos de mis hijos participaron el pasado verano en la peregrinación de Oliva a Denia como agradecimiento por su renovación hasta 2032. En total solo eran seis peregrinos. Un tercio de la expedición. Ahora, como comprenderán, se encuentran más que dolidos en estado de shock. De nuevo. Estaban convencidos que el canterano sentía al Levante y le importaba. Sus lágrimas, su decepción tras la noticia y la traición a aquellos que creían en él, siempre pesarán sobre sobre la conciencia de Pepelu. Nos da igual si es el club quien le ha invitado a irse, ha partido de él mismo, de su representante o del administrador de su finca. No tiene excusas por mucho que quiera crecer y jugar en Primera. Había más equipos y otras opciones. Tremendo fraude.


No terminamos de acostumbrarnos a que nuestros canteranos ilustres, jugadores bandera, nos traicionen sin remordimientos y con total impunidad. En realidad, el Levante significa mucho más para nosotros que para los jugadores, gente de paso

El colmo es cuando algún amigo xoto, sin mala intención e inconsciente del tremendo fichaje que realizan a un precio irrisorio, nos muestra su escepticismo sobre su calidad y nos pregunta si es un seis o un ocho. “Un traidor impresentable es lo que es” les contestamos.

No terminamos de acostumbrarnos a que nuestros canteranos ilustres, jugadores bandera, nos traicionen sin remordimientos y con total impunidad: Vicentín, Remeseiro, Víctor Camarasa, el innombrable ya citado… En realidad, el Levante significa mucho más para nosotros que para los jugadores, gente de paso. Gente sin principios. ¿Dónde estaban ellos hace veinte años? ¿Dónde estarán dentro de veinte años? Mejor dicho, ¿dónde estarán una decena de ellos dentro de unos meses? Lejos de aquí, importándoles un bledo el Levante y su afición. Riéndose de nosotros.


No. En casa no estamos mejor. Al revés, cada vez estamos peor y, al paso que va el club con su incertidumbre societaria y los líos por la herencia económica que deja Quico Catalán, con clara tendencia a empeorar por mucho que comience la pretemporada. Como consuelo, siempre nos quedará Vicente Iborra. O no.

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