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  • José Martí

Volver a sonreír

Aunque aún sea un equipo aún en construcción, el futuro con Calleja se ve de otra manera. Brilla el sol y los granotas volvemos a sonreír.


Las emociones que experimentamos viendo un partido de nuestro Levante exceden lo racional. Analizando lo sucedido el sábado noche, uno no puede entender cómo se puede sufrir y disfrutar tanto, al mismo tiempo. Es cierto que el debut de Calleja y la situación del equipo aumentaron las expectativas sobre la actuación en Can Misses. Sí, era un partido de inflexión, clave para cambiar la dinámica… lo que quieran, pero aun así consideramos desmesurado nuestro comportamiento, cada vez menos razonable.


El enfado empezó con el primer gol azulón; se agravó con la falta de determinación de los jugadores azulgranas en la primera media hora; fue a más con el segundo gol, luego anulado, de ese lateral que aquí parecía retirado; y estalló finalmente con la roja directa a Pablo Martínez. Nos retiramos a la cocina para llorar de impotencia. Allí, en apenas unos segundos, como quien se halla al borde de la muerte y contempla su vida pasar por delante en rápidas diapositivas, vimos el fracaso de otro entrenador, su destitución, la marcha del director técnico, un nuevo descenso, la ruina del club, otro descenso administrativo, concurso de acreedores… una especie de déjàvu de un futuro angustioso.


Lo peor, pensábamos, es que hemos contagiado esta locura a nuestros seres más queridos que sufren igual desgarro. “Con todo lo que hemos aguantado, con la de palos que nos han caído, con las decepciones que nos hemos llevado a lo largo de la vida por el Levante, ¿y hemos provocado que ellos tengan que pasar por lo mismo?”. Lo veíamos negro, con remordimientos paternos.

No nos extraña que la gente se infarte en los estadios. A nosotros llévennos siempre. Olvídense de nuestro corazón.

Luego, más sosegados y resignados, nos tranquilizamos con el empate del gran De Frutos y la confirmación del regreso de su mejor versión. Al descanso ni cenamos. Teníamos el estómago cerrado. En la segunda parte nos fuimos viniendo arriba progresivamente para acabar festejando una victoria a lo grande que se prolongó el domingo con café, copa y puro. Entonces me percaté de la tremenda suerte que es poder disfrutar juntos de estas alegrías y haberles inculcado un hondo sentimiento levantinista del que se sienten orgullosos.


Ahora se ha quedado una semana magnífica. El Levante ya juega por fin como uno de los favoritos de Segunda, capaz de superar cualquier circunstancia adversa. Aunque sea un equipo aún en construcción, el futuro con Calleja se ve de otra manera. Brilla el sol y los granotas volvemos a sonreír.


Visto lo visto, no nos extraña que la gente se infarte en los estadios. Como el Viejo Casale, protagonista del cuento del argentino Roberto Fontanorrosa: un anciano delicado del corazón al que unos hinchas del Rosario Central raptaron para llevarle al campo con el inapelable argumento de que en sus tiempos de seguidor activo, aquél hombre nunca vio perder a su equipo. Y daba igual lo que hubiese dicho el médico. Si ganar lo era todo, todo estaba justificado, incluso la vida de ese hombre. A mí, chicos, llévenme siempre. Y a mi señora conmigo. Olvídense de nuestro corazón. O no.

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