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El Estadi de Rascanya

  • José Martí
  • hace 1 día
  • 2 min de lectura

Nuestra angustia crece paralela a las obras del nuevo campo de los valencianistas.


Contemplamos horrorizados cómo el nuevo feudo de los valencianistas va tomando forma y amenaza con ser una realidad en breve.


Nos inquieta porque centenares de granotas circulamos siempre por la avenida Corts Valencianes, un itinerario que forma parte de nuestro día a día.


Durante diecisiete años, al pasar, hemos visto, junto a la Dama de Elche de Manolo Valdés, la mole del esqueleto de las obras paralizadas del nuevo Mestalla con una sonrisa en la boca. Lo concebíamos como el símbolo de la decadencia del club de Peter Lim, entrampado en su día por la crisis del ladrillo. Pero de un tiempo a esta parte, a medida que comprobamos cómo el nuevo coliseo choto se levanta imponente a marchas forzadas, nos embarga una especie de run-run interior, una congoja por lo que se nos viene encima de manera inevitable.


Vemos cómo suben hacia el cielo unas pilastras blancas, inmensas, unidas por un gran arco abrazador, “anillo de compresión” le llaman. Una suerte de Godzilla que se yergue poco a poco, amenazador, dispuesto a perturbar nuestra tranquilidad de pacíficos conductores. Ahora además ya lo coronan dos banderas: una blanca con escudo y la senyera, en ese intento por monopolizar lo común a todos, como un aviso de esperanza en un nuevo futuro.


"Peor sería que el propietario singapureño tuviera un ataque de nostalgia y rotulara la fachada en alfabeto tamil:  பக்கேட்டு стаடியம்"

Nos preguntamos si en breve, para volver a casa, tendremos que padecer las hordas de aficionados blanquinegros llegando en oleadas a su nuevo Estadio en los días de partido. Sufriremos atascos, situaciones desagradables, gritos obscenos, cartelitos amarillos contra Lim, plantes de hinchas en el exterior durante los partidos, masas ingentes avanzando indiscriminadamente por las arterias adyacentes, lanzamiento de objetos, esporádicas cargas policiales contra algunos energúmenos que poblarán esas gradas…


Nos inquieta, de veras, que ese lugar ahora calmoso, vaya a ser el epicentro de las futuras vicisitudes del club todavía de Mestalla. Por cierto: el viejo feudo debe ese nombre por la acequia que atravesaba ese lugar… ¿se llamará ahora Estadi de Rascanya por el nuevo emplazamiento en la zona que regaba la acequia de Rascanya? No se rían. Peor sería que los propietarios singapureños tuvieran un ataque de nostalgia y lo bautizaran en malayo: Stadium bola sepak hodoh padang, o -peor aún- lo rotulen con grafía del alfabeto tamil en la fachada:  பக்கேட்டு стаடியம்.


Supongo que terminaremos acostumbrándonos, como cuando pasamos por el viejo Mestalla o junto a los campos de la ciudad deportiva de Paterna, y buscaremos itinerarios alternativos para esquivarlo. Aunque, bueno, no todo es malo. Al menos The Champions Burguer nos pillará de paso, en el Nou Estadi de Rascanya. O no.

 

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