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  • José Martí

No hablamos de árbitros

Los "errores" continuados mueven a la sospecha sobre ciertas preferencias a la hora de subir... o no.


No somos de teorías conspiranoicas en el fútbol. Por eso a los granotas que braman por el dudoso gol anulado en El Sardinero por fuera de juego, o el penalti no pitado contra el Espanyol o los escándalos encadenados en Butarque, nos gusta contraponerles otras decisiones controvertidas decantadas a nuestro favor a lo largo de la temporada…. aunque cuesta encontrarlas.


Preferimos pensar que son malos árbitros antes que culpables. Por eso es imprescindible mejorar la calidad del arbitraje con las últimas tecnologías posibles (no puede ser lo del Bernabéu del domingo, que sea el grosor de la línea del VAR quien decida o que haya infinitud de reglas interpretables).


Hace tiempo que hemos asumido que en la Segunda división (me niego a llamarla “hiperemosion”), con lo igualada que está, el arbitraje tiene consecuencias terribles sobre el resultado. En realidad, es quien está decidiendo. Lo comprobamos cada jornada.

 

El árbitro siempre fue una figura lateral y necesaria a la vez. Antes solo era un tipo con mucha moral, sin otra ayuda que un silbato y dos compañeros en las bandas para arroparlo.


No se ama al árbitro. Ni antes, ni ahora, pero en otras épocas había algo en su destino de personaje detestado. Era un sospechoso por naturaleza. Estaba solo y desarmado, excepto de su circunstancial autoridad máxima durante noventa minutos en el que se sentía poderoso, dueño y señor de la situación.  Algunos, fuera de su papel, solo eran personas anodinas.


Nos contaron de un árbitro de regional de apodo El Torero porque se plantaba delante del jugador como un torero para sacar la tarjeta. Una vez jubilado, en los años ochenta, se pasaba los fines de semana en el campo del Castellar-Oliveral o uno similar. No recuerdo bien. En cualquier caso, el campo era tapiado y tenía bar. Eso seguro. Bebía como un animal. Echaba allí horas, pasaba del fútbol, le daba igual quien jugase porque a Torero lo que le gustaba era ir a insultar a los árbitros, sobre todo a los linieres. Al final terminó odiando a los de su estirpe.


Al final todo resulta igual de controvertido y discutible que antes, pero con más lío, más contradicciones y más gente en la pomada.

Hoy esto ha cambiado. El árbitro ya no está solo. Hay proliferación de jueces (linieres, cuarto árbitro, delegado federativo, principal del VAR, asistente, técnico…) que, en teoría, debería ser para mejor, pero contribuye a que cada uno interprete las normas a su manera, a veces de forma contradictoria entre sí. Al final todo resulta igual de controvertido y discutible que antes, pero con más lío, más contradicciones y más gente en la pomada. Puede que hasta con más sospechas.


Además, el nivel y catadura moral de muchos de los jerifaltes de quien depende todo esto, los Enríquez Negreira y Rubiales de turno, no invita a pensar en un proceder limpio e inocente en sus actuaciones. Más bien al contrario. Es posible que haya algo o alguien detrás que decide quien tiene que subir y quien no, ciertas preferencias federativas… pero optamos por no pensarlo. Al menos durante los próximos cuatro días decretados por la presidencia como de reflexión.


Frente al Efesé el domingo, solo cabe jugar y dejarse la piel en el césped como en Santander, dejando al margen al árbitro. O no.

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